En una entrevista inspiradora, el embajador Eduardo Eugenio Roldán, cuya hoja de vida académica inició en las aulas de la antigua “escuelita” de Ciencias Políticas (ubicada en el campus central de C.U.), hasta su quehacer en las más intrincadas mesas de negociación en cuatro continentes, y una impresionante lista de cargos, embajadas y libros de su autoría, aseguró que realmente lo que forjó su destino y su brújula moral fue la esencia humana y el espíritu crítico cultivados durante su carrera en nuestro plantel. Su relato fue un emotivo viaje que delineó lo que significa ser egresado de la FCPyS: no la adquisición de un título, sino la adopción de un compromiso con el mundo. Al preguntarle qué relevancia tuvo formarse en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, su respuesta no apuntó primero a teorías elaboradas o textos canónicos, sino a rostros, a mentores, a presencias que moldearon su intelecto y su carácter. Con sentida emoción situó en el centro de su preparación escolar al doctor Modesto Seara Vázquez, a quien describió como “la semilla” fundamental, pues no sólo fue un docente; fue el fundador de la disciplina de Relaciones Internacionales en la FCPyS, el arquitecto de un campo de estudio y un guía. “Me siento muy orgulloso de haber caminado junto a gigantes como él”, afirmó, y destacó que su aprendizaje fue un acto de herencia intelectual,
una cadena de conocimiento que se pasa de generación en generación.
Pero el jardín de su formación tuvo más simientes. Con gratitud mencionó al doctor Pablo González Casanova, cuya visión de la sociología y la realidad mexicana dejó una impronta indeleble en su comprensión política. También evocó a figuras internacionales de primer nivel con las que tuvo la fortuna de coincidir, como Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional del presidente estadounidense Jimmy Carter y su profesor durante un año en la Universidad de Columbia, de quien aprendió de primera
mano “cómo era el proceso de toma de decisiones en la política exterior estadounidense”, una lección de realpolitik que complementó su visión teórica. Este entramado de influencias — nacionales e internacionales,
teóricas y prácticas— muestran que la FCPyS fue para él un verdadero cruce de caminos, un espacio donde lo local y lo global dialogaron y se enriquecieron mutuamente.
Si el primer pilar fue el aprendizaje, el segundo fue, sin duda, la reciprocidad.
Más allá de los libros y las clases, el embajador Roldán atesora “grandes gratos recuerdos” de la sede de la Facultad donde cursó su carrera (la tercera, localizada
a un costado de las “Islas” de la UNAM) y de la vida estudiantil que bullía en sus salones, pasillos y patio; pero la experiencia personal que más brilló en su relato fue el descubrimiento temprano de su vocación docente, pues inició como adjunto mientras aún estudiaba, y ese fue el comienzo de un compromiso que duraría toda la vida, ya que en un fructífero paralelismo, mientras su carrera diplomática abarca 35 años, su labor como profesor de asignatura en la FCPyS se extendió por más de tres décadas.
“Recibí mucho de la UNAM y sí, también he formado generaciones”, confesó con un orgullo sincero. Este dato no es anecdótico, es la raíz de su vínculo con la Facultad; es la premisa que revela que el lazo no se rompe al recibir el título, más bien se transforma en un ciclo virtuoso de dar y recibir. El conocimiento no es un bien estático que se consume, sino una llama que se pasa del mentor al estudiante. Al respecto, compartió con afecto que el maestro Dámaso Morales, actual secretario general de la Facultad, en su momento fue su alumno. Tal hecho demuestra cómo la comunidad de la FCPyS se ha tejido a través del tiempo, los roles se intercambian y el legado se comparte de manera continua, creando una red viva y resiliente de profesionales y académicos. La voz de Roldán adquirió una profundidad distinta cuando, desde la experiencia de quien ha tomado literalmente decisiones bajo fuego, ofreció consejo. Su relato de haber salvado la vida de 46 mexicanos durante la guerra civil en Libia, cuando fungió como embajador, no es únicamente un episodio heroico de su carrera, es la prueba del valor de una formación sólida y el temple del carácter. Desde ese examen vital y profesional, su mensaje para su “yo” estudiante de primer semestre y para todos los jóvenes universitarios fue directo y desprovisto de cualquier frivolidad: “Hay que estudiar para aprender y no para pasar”.
Esta frase, en apariencia simple, es un manifiesto educativo, un llamado a la pasión genuina por el conocimiento, a la curiosidad insaciable, a la disciplina que nace de un propósito superior y no de la mera aprobación curricular. “Entre más estudiamos, menos sabemos; siempre tenemos que aprender”, reflexionó y remarcó que la humildad intelectual es el verdadero cimiento sobre el que se construye un profesional sabio y prudente. Su consejo es un antídoto contra la mediocridad y un recordatorio de que en
campos como las Relaciones Internacionales y las Ciencias Sociales, donde las decisiones afectan vidas y destinos nacionales, la preparación superficial es un lujo que no se puede permitir.
Asimismo, dirigiéndose a las nuevas generaciones de internacionalistas, politólogos, sociólogos y comunicólogos, el tono del embajador se tornó solemne y lleno de convicción.
Su invitación fue a una preparación rigurosa, seria y profunda. Enumeró áreas clave: economía, geografía, historia, derecho internacional, pero no lo hizo como un mero listado de materias, sino como los pilares indispensables para construir una sensibilidad social y un compromiso humano al servicio de la nación. “Tenemos que seguir defendiendo los intereses de México en el exterior”, afirmó, y agregó que la formación recibida en la FCPyS es el primer y más importante escalón para convertirse en un digno representante del país.
Y es aquí donde su orgullo de puma resplandeció con mayor fuerza. Con legítimo júbilo recordó que la FCPyS ha sido la alma máter de “más de un centenar de embajadores”. Esta cifra no es únicamente un dato estadístico; es la prueba viviente y tangible de que los objetivos fundacionales de esta casa de estudios se cumplen con creces. Cada uno de esos diplomáticos es un testigo de que la combinación de excelencia académica, conciencia social y espíritu de servicio puede proyectarse en los foros más exigentes del mundo. “Somos pumas”, declaró, cerrando así un círculo perfecto en su historia personal: la del joven que llegó de la Preparatoria 9 con una visión integral del mundo y que encontró en la FCPyS el crisol donde esa visión se refinó, se profesionalizó y se transformó en una misión de vida. En el marco del 75 aniversario de la
FCPyS, la historia del embajador Eduardo Roldán es un faro de inspiración que confirma que desde estas aulas, cargadas de historia y de voces críticas, han y siguen surgiendo los hombres y mujeres que, armados con conocimiento, humanidad y un profundo amor por México están llamados a escribir con responsabilidad los capítulos presentes y futuros de nuestra historia en el complejo escenario global. Su testimonio es la mejor evidencia de que el espíritu de la FCPyS está vivo, viaja por el mundo y regresa, siempre, a casa.
